“El hombre en busca de sentido” de Víctor Frankl

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Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento.

La muerte como el final del tiempo que se vive sólo puede causar pavor a quien no sabe llenar el tiempo que le es dado para vivir.

La vida exige a todo individuo una contribución y depende del individuo descubrir en qué consiste.

El hombre se autorrealiza en la misma medida en que se compromete con el cumplimiento del sentido de su vida.

La mejor forma de conseguir la realización personal es dedicarse a metas desinteresadas.

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El Dr. Frankl, psiquiatra y escritor, suele preguntar a sus pacientes aquejados de múltiples padecimientos, más o menos importantes: “¿Por qué no se suicida usted?” Y muchas veces, de las respuestas extrae una orientación para la psicoterapia a aplicar: a éste, lo que le ata a la vida son los hijos; al otro, un talento, una habilidad sin explotar; a un tercero, quizás, sólo unos cuantos recuerdos que merece la pena rescatar del olvido. Tejer estas tenues hebras de vidas rotas en una urdimbre firme, coherente, significativa y responsable es el objeto con que se enfrenta la logoterapia, que es la versión original del Dr. Frankl del moderno análisis existencial.

En esta obra, el Dr. Frankl explica la experiencia que le llevó al descubrimiento de la logoterapia. Prisionero, durante mucho tiempo, en los bestiales campos de concentración, él mismo sintió en su propio ser lo que significaba una existencia desnuda. Sus padres, su hermano, incluso su esposa, murieron en los campos de concentración o fueron enviados a las cámaras de gas, de tal suerte que, salvo una hermana, todos perecieron. ¿Cómo pudo él -que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminio-, cómo pudo aceptar que la vida fuera digna de vivirla?

El psiquiatra que personalmente ha tenido que enfrentarse a tales rigores merece que se le escuche, pues nadie como él para juzgar nuestra condición humana sabia y compasivamente. Las palabras del Dr. Frankl tienen un tono profundamente honesto, pues se basan en experiencias demasiado hondas para ser falsas. Dado el cargo que  ocupó en la Facultad de Medicina de Viena y el renombre que han alcanzado las clínicas de logoterapia que actualmente van desarrollándose en los distintos países tomando como modelo su famosa Policlínica Neurológica de Viena, lo que el Dr. Frankl tiene que decir adquiere todavía mayor prestigio.

El  relato, aun siendo breve, está elaborado con arte y garra. Yo lo he leído dos veces de un tirón, incapaz de desprenderme de su hechizo. En alguna parte, hacia la mitad del libro, Frankl presenta su propia filosofía de la logoterapia: lo hace como sin solución de continuidad y tan quedamente que sólo cuando ha terminado el libro el lector se percata de que está ante un ensayo profundo y no ante un relato más, forzosamente, sobre campos de concentración.

Es mucho lo que el lector aprende de este fragmento autobiográfico; aprende lo que hace un ser humano cuando, de pronto, se da cuenta de que no tiene “nada que perder excepto su ridícula vida desnuda”. La descripción que hace Frankl de la mezcla de emociones y apatía que se agolpan en la mente es impresionante.

Lo primero que acude en nuestro auxilio es una curiosidad, fría y despegada, por nuestro propio destino. A continuación, y con toda rapidez, se urden las estrategias para salvar lo que resta de vida, aun cuando las oportunidades de sobrevivir sean mínimas. El hambre, la humillación y la sorda cólera ante la injusticia se hacen tolerables a través de las imágenes entrañables de las personas amadas, de la religión, de un tenaz sentido del humor, e incluso de un vislumbrar la belleza estimulante de la naturaleza: un árbol, una puesta de sol.

Pero estos momentos de alivio no determinan la voluntad de vivir, si es que no contribuyen a aumentar en el prisionero la noción de lo insensato de su sufrimiento. Y es en este punto donde encontramos el tema central del existencialismo: vivir es sufrir; sobrevivir es hallarle sentido al sufrimiento. Si la vida tiene algún objeto, no puede ser otro que el de sufrir y morir. Pero nadie puede decirle a nadie por qué.

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Siempre nos queda una libertad, una última libertad, decía Frankl, que es la de tener la actitud frente a lo que tenemos enfrente. Ser connivente y asesino, inmoral y apoyar el abuso (imprescindible enseñanza para el día a día), o mantenerse “vivo” sin caer en la cooperación de la vergüenza.

De acuerdo a lo anterior el mundo se divide, para Frankl, en dos tipos de personas fundamentales: las decentes y las indecentes. De ambas las había y hubo en los dos bandos aunque en uno, los judíos y víctimas, hubo más de los primeros, aun solo por sufrir el maltrato y el abuso; y los segundos, los nazis y las poblaciones y personas colaboradoras se dieron a la colaboración con el abuso nazi por interés, por negligencia, por seguidismo, por absurda dependencia mental. El síntoma, sindrome, consecuencia de la total derrota no es, por desgracia, potestativa del Holocausto, sino que se manifiesta con su sorda y tundidora sombra con asiduidad cronológica.

La pregunta es: ¿Como aceptar el dolor, la vida, el sufrimiento en la vida sin perder la cabeza, la humanidad, el consuelo, el futuro?. Esta es la base psicológica del existencialismo cultural y filosófico quizás no del todo heredero del pensamiento de Frankl pero si de la era que le toco vivir.

¿Cuanto se nos puede robar?, ¿Con cuanto menos podemos vivir?, ¿Cuando el hombre deja de ser hombre?, En ese momento ¿sigue el hombre siendo hombre/ciudadano/persona más allá de la mera existencia física?

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