“Por qué a mí: el sentido del sufrimiento 3″ por Kushner

1Pero, ¿por qué debemos insistir en que todo sea razonable? ¿Por qué todo tiene que pasar por una razón específica? ¿Por qué no podemos aceptar que el universo tiene algunos bordes ásperos?

Comprendo que el clima caluroso y seco, el transcurso de muchas semanas sin lluvia, aumenta el riesgo de que se produzcan incendios forestales, y que en esos casos una chispa, un fósforo o el reflejo del sol a través de un vidrio pueden convertir un bosque en un infierno. Comprendo que el curso de ese incendio estará determinado, entre otras cosas, por la dirección del viento. ¿Pero hay una explicación sensata de por qué el viento y el clima se combinan para dirigir un incendio forestal, en un día determinado, hacia ciertas casas y no otras, atrapando a algunas personas en su interior y perdonando a otras? ¿O es sólo cuestión de suerte?

Algunas personas creen ver la mano de Dios detrás de todo lo que sucede. Una vez fui al hospital a visitar a una mujer cuyo auto había sido atropellado por un conductor ebrio que pasó un semáforo en rojo. Su vehículo quedó destrozado pero ella escapó milagrosamente con sólo dos costillas rotas y unos cortes superficiales causados por los vidrios al astillarse. Me miró desde su cama y me dijo:
-Ahora sé que Dios existe. Si logré salir con vida de este accidente, tiene que ser porque Él me está cuidando desde allá arriba.
Le sonreí y guardé silencio, corriendo el riesgo de que pensara que estaba de acuerdo con ella (¿qué rabino se opondría a creer en Dios?), porque no era el lugar ni el momento para una clase de teología. Pero recordé un funeral que había llevado a cabo dos semanas antes para un padre y esposo joven fallecido en un choque similar con una persona ebria; y recordé otro caso, un niño, que estaba patinando, asesinado por un conductor que huyó después de atropellado; y todos los artículos periodísticos acerca de vidas truncadas en accidentes automovilísticos. La mujer que estaba frente a mí podía creer que estaba viva porque Dios deseó que sobreviviera, y no me pareció conveniente decirle lo contrario, ¿pero qué les diríamos ella o yo a esas otras familias? ¿Que son menos meritorias que ella? ¿Que son menos valiosas a los ojos de Dios? ¿Que Dios quiso que fallecieran en ese  momento y de ese modo y no hizo nada por salvarlos?

Preguntémonos nuevamente: ¿siempre hay un motivo para todo, o algunas cosas suceden simplemente al azar, sin causa alguna?

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“Por qué a mí: el sentido del sufrimiento 2″ por Kushner

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Las personas inocentes sufren infortunios en su vida. Les pasan cosas que no se merecen: pierden su trabajo, enferman, sus hijos sufren o los hacen sufrir a ellos. Pero cuando eso pasa, no se trata de un castigo de Dios por algo que hicieron mal. Los infortunios no provienen de Dios.

Es cierto que cuando llegamos a esta conclusión, podemos experimentar una sensación de pérdida. En cierto modo, era reconfortante creer en un Dios sabio y todopoderoso que garantizaba un trato justo y un final feliz, que nos aseguraba que todo tenía un buen motivo, así como la vida era más fácil para nosotros cuando creíamos que nuestros padres eran lo suficientemente sabios como para saber qué se debía hacer y lo suficientemente fuertes como para lograr que todo saliera bien. Pero todo eso era reconfortante del mismo modo en que lo era la religión de los amigos de Job: funcionaba únicamente en tanto no tomáramos en serio los problemas de las víctimas inocentes.

Cuando hemos conocido a Job, cuando hemos sido Job, ya no podemos creer en esa clase de Dios sin renunciar a nuestro derecho a sentir ira, a sentir que la vida nos ha tratado mal. Desde esa perspectiva, deberíamos experimentar una sensación de alivio al llegar a la conclusión de que Dios no es el causante de nuestras desgracias. Si Dios es un Dios de justicia y no de poder, entonces aún puede estar de nuestro lado cuando nos suceden cosas malas. Él puede saber que nosotros somos buenos y honestos, que nos merecemos algo mejor.

Nuestros infortunios no provienen de Él y, por lo tanto, podemos recurrir a Él en busca de ayuda. Nuestra pregunta no será la pregunta de Job: “Dios, ¿por qué me haces esto?”, sino “Dios, mira lo que me sucede. ¿Puedes ayudarme?” Recurriremos a Dios, no para que Él nos juzgue o nos perdone, tampoco para que nos recompense o nos castigue; recurriremos a Él en busca de consuelo y fortaleza.

Si crecimos como los amigos de Job creyendo en un Dios todopoderoso que todo lo sabe, nos costará tanto como a ellos cambiar nuestro modo de pensar acerca de Él (así como cuando éramos niños nos costó aceptar que nuestros padres no eran todopoderosos, que había que tirar un juguete roto a la basura porque ellos no podían arreglarlo, no porque no quisieran hacerlo). Pero si logramos aceptar que hay algunas cosas que Dios no controla, podemos sacar mucho de bueno de esa conclusión.

Podemos recurrir a Dios en busca de lo que El puede hacer para ayudarnos en lugar de aferrarnos a expectativas poco realistas acerca de Su persona, expectativas que jamás se producirán.

Podemos conservar nuestra autoestima y sentido de la bondad sin sentir que Dios nos ha juzgado y condenado.

Podemos sentir ira por lo que nos sucedió, sin sentir que estamos enojados con Dios. Más aún, podemos reconocer que nuestra ira por las injusticias de la vida, nuestra compasión instintiva al ver sufrir a la gente, proviene de Dios, que nos enseña a sentir ira ante la injusticia y la compasión frente a los que sufren.

En lugar de sentir que estamos enfrentados con Dios, podemos sentir que nuestra indignación es la ira de Dios ante la injusticia expresándose a través de nosotros, que cuando nos lamentamos, seguimos estando del lado de Dios, y Él sigue estando de nuestro lado.

-Si las cosas malas que nos pasan, son por mala suerte, no por voluntad de Dios -me
preguntó una mujer una noche después de que dicté una conferencia sobre mi teología-, ¿de dónde viene la mala suerte?
Me quedé mudo. Instintivamente, le hubiera dicho que nada produce la mala suerte; las cosas pasan, y eso es todo. Pero sospechaba que debía de haber algo más.

Esta es, quizá, la idea filosófica clave de todo lo que sugiero en este libro. ¿Pueden ustedes aceptar la idea de que algunas cosas pasan sin razón alguna, de que existe el azar en el universo?

A algunas personas eso les parece imposible. Buscan  relaciones, se esfuerzan desesperadamente por encontrarle sentido a todo lo que pasa. Se convencen de que Dios es cruel, o de que ellos son pecadores, cualquier cosa antes que aceptar el azar. Algunas veces, cuando le han encontrado sentido al noventa por ciento de todo lo que saben, se permiten suponer que el diez por ciento restante también tiene sentido pero está fuera de los alcances de su comprensión. Pero, ¿por qué debemos insistir en que todo sea razonable? ¿Por qué todo tiene que pasar por una razón específica? ¿Por qué no podemos aceptar que el universo tiene algunos bordes ásperos?

(continuará)

“Por qué a mí: el sentido del sufrimiento 1″ por Kushner

1Durante los últimos ocho años aprendí algo que quizá debí haber sabido pero no sabía: no solo existe mucho sufrimiento sino que, en su mayor parte, la religión organizada no cumple bien con su trabajo de aliviar ese dolor.

En una carta tras otra, los lectores me contaban que su pastor o sus amigos religiosos tenían buenas intenciones pero les decían las cosas equivocadas que los
hacían sentirse peor.

¿Por qué? Es posible que las expectativas de la gente fueran demasiado elevadas o irreales, que su pérdida hubiera dejado un vacío que no podía llenar ni siquiera el pastor más hábil. Si los amigos no podían devolverle la vida a una persona amada, ¿qué podían hacer para que una esposa, madre o hija se sintiera mejor?

Pero creo que también existe otra razón. Es posible que el objeto de la mayoría de las respuestas religiosas no sea tanto aliviar el dolor de la persona sufriente sino defender y justificar a Dios, para persuadirnos de que lo malo es en realidad bueno,
de que nuestra aparente desgracia sirve a los designios más grandes de Dios.

Las frases tales como “con el tiempo, esto te convertirá en una persona mejor”, “debes estar agradecido por lo que tuviste”, o “Dios solo elige a las flores más bellas para Su jardín celestial”, aun cuando hayan sido dichas con las mejores intenciones, son interpretadas por el que sufre como si le estuvieran diciendo: “Deja de sentir lástima por ti mismo; existe una buena razón para esto”.

Sin embargo, lo que más necesitan las personas que atraviesan por un momento doloroso es consuelo, no una explicación. Un abrazo cálido y un oído paciente curan más corazones que un sermón teológico.

Una de las cosas que hacen que nos resulte difícil manejar nuestros propios problemas y ayudar a los demás con los suyos es que nos cuesta mucho aceptar el dolor. Comprendemos que el dolor es una señal de que algo está mal y llegamos a la conclusión de que si pudiéramos eliminado -tomando pastillas, emborrachándonos o alejándonos de una relación problemática- podríamos corregir lo que está mal porque de ese modo ya no nos causaría dolor.

He recibido docenas de cartas de mujeres que me contaban que cuando contrajeron una enfermedad grave o descubrieron que tenían un hijo discapacitado, sus esposos las abandonaron. La mayoría de las cartas expresaban desconcierto. “No lo puedo comprender. Yo creía que realmente me quería y quería a los niños.”

Tengo la corazonada de que muchos de esos esposos no eran simplemente egoístas y duros. Amaban a su familia, tanto la amaban que les causaba dolor ver sufrir a sus seres queridos y no podían soportar ese dolor. Por lo tanto, como no podían ignorar el problema, lo “solucionaban” marchándose y así no tenían que enfrentarlo.

Cuando doy conferencias acerca de ayudar a la gente a sobrellevar su pena, una de las cosas que digo es: “Habrá momentos en que las cosas estén tan destrozadas que estarán seguros de no poder hacer nada para enmendadas, pero siempre pueden hacer algo, aunque más no sea sentarse junto a alguien y ayudado a llorar, para que no tenga que llorar solo”.

Aprendí que todas las experiencias de pérdida y duelo están estructuradas del mismo modo; sólo difieren en intensidad. Experimentamos los mismos sentimientos cuando un amigo se muda a otra ciudad que cuando ese amigo muere, pero menos intensamente: pérdida, tristeza, ira contra la persona que nos deja, culpa por enojarnos con un buena amigo. Nadie tiene derecho a decirnos: “No te sientas mal, hay otros que están peor”. Cada corazón conoce su propio dolor, y sabe que tiene
motivos para sufrir. Y nadie tiene derecho a colocarnos dentro de un cronograma y decirnos: “Ya pasaron seis meses, deberías haberlo superado”.

Pero lo principal es que aprendí algo acerca de la increíble resistencia del alma humana.

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Síntomas del ataque de pánico

1a Ester Solis

Los ataques de pánico, como su nombre lo indica, son aterradores. Suceden de la nada y sin una razón aparente. Es por ello que puede ser útil ser capaz de reconocer los síntomas de un ataque de pánico para ayudar a aliviar el miedo a morir, a volverse loco y  también a reducir el riesgo de desarrollar otros trastornos de ansiedad relacionados a los ataques de pánico, como agorafobia u otras fobias específicas.

A pesar de que  la combinación de síntomas varía de persona a persona, ciertamente algunas reacciones son clave para reconocer este tipo de ataques y es muy importante, como parte del plan de superación de la ansiedad, conocer bien de qué se tratan. En esta ocasión quiero concentrarme en algunos de los síntomas más característicos.

Palpitaciones aceleradas y fuertes. Uno de los síntomas iniciales de un ataque de pánico y el síntoma que causa más temor, pues lleva a la persona a pensar que puede estar teniendo un ataque cardiaco. Normalmente los latidos son tan fuertes que uno puede llegar a pensar que el corazón quiere salirse del pecho.

Hiperventilación. Ésta es para mí la primera señal de que tengo un ataque de pánico a flor de piel. Por esta razón se respira más rápido o más profundo de lo normal, lo que también puede contribuir a los otros síntomas descritos a continuación.

Sensación de asfixia. También se puede describir como una sensación de ahogo. Esto puede hacer que te sientas encerrado y como si no pudieras recibir suficiente aire.

Sudoración. El sudor es un mecanismo del cuerpo para refrescarse. Cuando tenemos un ataque de pánico, lo que pasa es que el cerebro ha activado ciertas alarmas, para provocar lo que se conoce como respuesta de lucha o huida. Esta respuesta hace que se encojan los vasos sanguíneos para así enviar sangre a las partes del cuerpo que más lo necesitan, y esto, a su vez, causa que el cuerpo se caliente. Posteriormente, el mismo cuerpo busca una manera de enfriarse, lo que explica la sudoración que comienza cuando el cuerpo empieza a buscar tranquilidad.

Náuseas y molestias estomacales. Como parte de la respuesta general, el cuerpo detiene las actividades que no son útiles para ponernos a salvo, entre estas están las actividades del sistema digestivo y esto nos puede hacer sentir muy mal.

Mareos. Estos son principalmente producto de la hiperventilación y de los cambios en la distribución de la sangre.

Miedo a morir. Este es un síntoma psicológico pero está presente en casi todos los ataques de pánico y se puede decir que “nutre” el pánico. Es un hecho comprobado que en muchas ocasiones es este mismo temor la fuente principal de la ansiedad y el desencadenante de ataques de pánico. En mi una opinión personal, la ansiedad tiene sus raíces en el temor a lo desconocido y considero que la muerte es la expresión máxima de lo que no conocemos.

La similitud de los síntomas de un ataque de pánico con los de un ataque al corazón, es algo que normalmente produce mucho temor y lleva a muchas personas a visitar las salas de emergencia. Sin embargo, a diferencia de un ataque cardiaco, los ataques de pánico no representan un peligro contra la vida. De cualquier manera siempre es recomendable aclarar con un médico o profesional en salud todas las dudas que tengamos con respecto a nuestros síntomas. Un diagnóstico correcto te dará tranquilidad y te ayudará a estar seguro de que, a pesar que los síntomas no son agradables, tu vida no está en peligro.

Insomnio y ansiedad

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Ester Solis

El insomnio es el más común de los trastornos del sueño. Difícilmente es un problema por sí solo, normalmente es un síntoma de algo más. El problema que causa el insomnio es diferente de persona a persona. Es, de hecho, uno de los síntomas de ansiedad más constantes y desgastantes y esto es cierto para casi todos los tipos de ansiedad. La hora de dormir es un momento de calma y tranquilidad general, el cual, fácilmente se presta para que empecemos a ponerle más atención de la que deberíamos a las cosas que nos inquietan. Por ejemplo, si padecemos ansiedad ante la muerte, este es normalmente el momento en el que maximizamos dicho temor, pensando en qué podría pasar el día de mañana. Si, por otro lado, es la ansiedad social nuestro problema, es en la noche cuando más podemos mortificarnos por cosas que creemos hicimos mal frente a otros o podemos empezar a torturarnos con la posibilidad de una presentación pública al día siguiente.

Cuando nos encontramos despiertos en la noche, sin esperanzas de recuperar el sueño o  cuando llevamos tres horas dando vueltas en la cama y pronto tenemos que levantarnos para ir a trabajar, es natural, de repente, tener una fuerte sensación de desesperanza.

La relación ansiedad y agotamiento es muy estrecha, pues normalmente un organismo exhausto, por las razones que sean (físicas, mentales o emocionales) es un organismo con mayor tendencia a estar sensible ante estímulos externos. El insomnio es un síntoma de ansiedad muy tramposo, pues es también, un factor de mantenimiento para la misma (como un combustible). A veces no logramos conciliar el sueño porque tenemos altos niveles de ansiedad, otras veces, so diferentes los factores que nos llevan a perder la capacidad de dormir por la noche y esto nos comienza a generar ansiedad.

Está claro, que, de primera impresión, las personas no toman muy enserio las primeras noches sin dormir, la mayoría asumen que el problema es temporal y que se va a marchar solo. Existen diferentes causas para sufrir insomnio y algunas de ellas, sí son, efectivamente, temporales, como enfermedades, cambios hormonales, cambios en los ciclos circadianos (como cuando hacemos viajes largos y cambiamos husos horarios). Este no es el caso cuando el insomnio emerge de un trastorno de ansiedad. Quien padece insomnio por ansiedad, suele anticipar sus problemas y catastrofizar. Normalmente, a parte de no lograr dormir, agregan de una vez presión sobre día siguiente, pensando que va a ser un día terrible porque no durmieron.

El insomnio por ansiedad se puede superar si se aborda con un tratamiento apropiado. Es recomendable visitar a un profesional en el tema, particularmente si has intentado abordar el problema por tu cuenta y no percibes mejoría. Tratar la ansiedad puede, definitivamente, ayudarnos a superar el insomnio. Particularmente si buscamos un tratamiento que se base en Terapia Cognitivo Conductual que nos ayude a cambiar nuestros patrones de pensamiento con respecto al insomnio.

Otro paso esencial para superar el insomnio, es reeducarnos en cuanto a hábitos de dormir. El cerebro necesita calma para relajarse. Muchas veces no nos percatamos, pero ver televisión, jugar videojuegos o utilizar la computadora antes de dormir, no es una buena idea, pues estas actividades estimulan mucho nuestro cerebro y después se hace más difícil encontrar la calma. También es importante que respetemos horarios, los horarios nos ayudan a, por así decirlo, entrenar a nuestro cuerpo para que sepa cuando es tiempo de estar activo y cuando es el momento de dormir.

Nuestro organismo es como una máquina y, normalmente, sabe muy bien lo que tienen que hacer, sin embargo, a veces tenemos que ayudarle a recibir las señales que necesita para trabajar correctamente. Estamos hechos para dormir por la noche (cuando no hay luz) y estar despiertos por el día. Es muy importante, para muchas razones diversas, tomar suficiente sol y evitar, por la noche, mucha luz artificial. Si tomamos sol durante el día, es más fácil que nuestro cuerpo comprenda que en la noche debe descansar, así de simple. Piensa en tu rutina diaria, es probable que durante el día raramente saques un momento para recibir un poco de luz solar y por otro lado, estés muchas horas bajo luces artificiales. En realidad, no es de extrañarse que el organismo se confunda.

Es importante buscar ayuda para superar el insomnio, pues este puede generar muchos problemas colaterales, como complicar nuestro cuadro de ansiedad, generar depresión, bajar nuestro rendimiento diario, entre otros.

Pim van Lommel: ‘Cuando mueres sólo cambias de conciencia’

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Cuando enseñaba Cardiología en el hospital de Arnheim -800 camas- ya investigaba cómo algunos pacientes, tras infarto y muerte clínica, volvían a vivir.

Hasta que en 1986 leí el testimonio de un estudiante de Medicina, George Ritchie, que resucitó tras nueve minutos de muerte clínica. Me impresionó tanto que empecé a estudiar en profundidad esos casos.

¿Tantos había?
En 1988 ya tenía doce episodios incuestionables y creé una red de investigación con otros diez hospitales holandeses. Iniciamos un estudio clínico prospectivo de 344 pacientes, que publicó The Lancet (2001).

Causó un impacto mundial.
Tanto que ya le avancé entonces, cuando usted me entrevistó, que, tras 31 años de cardiología, me iba a dedicar en exclusiva a las experiencias cercanas a la muerte (EDM).

¿Qué hemos aprendido desde el 2001?
Tenemos más preguntas, además de la clásica: ¿si la conciencia es un mero producto del cerebro, cómo puede sobrevivir y explicar la experiencia de la muerte?

¿Qué dice la ortodoxia médica?
Que se trata de meras alucinaciones causadas por la anoxia (carencia de oxígeno).

¿Y qué le dice su investigación?
Si la causa fuera la anoxia, todos los que vuelven a la vida tras la muerte tendrían EDM, porque todos la sufren, pero, en cambio, sólo el 18% tiene esas experiencias.

¿Qué explican sobre ellas?
Coinciden en hablar de recuerdos, cognición y emociones y mantienen la identidad, un punto crucial, porque el ego es el enlace entre la conciencia y el cuerpo.

¿Luces, voces, su vida en un instante…?
Las han experimentado miles de personas, pero no todos las explican por temor a ser tachados de lunáticos o porque creen que las causan la medicación o la enfermedad.

¿Todos experimentan lo mismo?
No todos experimentan todo, pero todos citan algunas experiencias recurrentes que coinciden en un cruce espacio-temporal.

¿A qué se refiere?
Es la revisión de la vida pasada, pero también la futura y presente: algunos, al volver, anticipan sucesos y reinterpretan los ya pasados, así que suelen cambiar de pareja, de trabajo, de existencia, porque han contemplado su vida en conjunto durante su EDM.

¿Cómo son esas visiones?
Inefables, a menudo el lenguaje carece de términos para explicarlas. Una EDM de tres minutos puede requerir semanas de testimonio en el que no se repite un solo episodio. El tiempo, como le decía, transcurre de un modo único en síntesis con el espacio y una constelación de familiares y afectos.

Por ejemplo.
Un paciente refiere cómo en su EDM había visto a un señor desconocido sonriéndole. Diez años después, su madre agonizante le reveló que él era hijo de una relación extramarital y le mostró una fotografía de su padre biológico, asesinado en un campo de concentración: era aquel señor sonriente.

¿Cómo sabe que esos pacientes clínicamente muertos siguen conscientes?
Lo prueban cientos de casos. En Conciencia más allá de la vida explico el de un hombre de 43 años que nos llegó cianótico, frío, sin tensión y con las pupilas dilatadas. La enfermera le extrajo la dentadura postiza y la depositó en un cajón. Resucitó inexplicablemente tras un largo coma y preguntó por sus dientes.

Si estas vivo, resultan muy útiles.
Reconoció, al verla, a la enfermera y le pidió que se los devolviera. Ella nos llamó alarmada y entonces el paciente nos relató en detalle lo que habíamos dicho y hecho cuando llegó muerto a urgencias del hospital.

¿Y usted qué cree?
Nuestra conciencia no es más que un retransmisor para esta dimensión de nuestro ser en varias. Es como una radio que, mientras vivimos aquí, sintoniza con este universo. Nuestra muerte sólo es un cambio de conciencia, una transición. Sólo morimos en una dimensión para pasar a otras.

¿Es una convicción religiosa?
Es física cuántica. Yo no soy creyente. Muchas religiones se han acercado a esa realidad con técnicas de paso entre esas dimensiones, como la meditación o el misticismo.

¿Cómo lo sabe?
Porque estudio casos -me consultan decenas cada día- y las experiencias son recurrentes y concurrentes: confluyen tiempo -pasado, presente y futuro: tienen visiones- y espacio en sensación de unidad.


Y esos testimonios de cada día coinciden con los relatos de la mística y las visiones de profetas, gurús y santos desde hace siglos.

¿Todo está conectado?
Ven la luz (los niños me cuentan que un ángel; los ateos hablan de “una energía” y los creyentes, de Dios). Todos se refieren a lo mismo y que en ello se sienten integrados.

¿Por qué la ciencia lo ignora?
Hasta ahora, la mecánica cuántica demuestra que la luz consta de partículas que al mismo tiempo son ondas -creo que nuestra conciencia las retransmite- dependiendo del estado del observador.

La experiencia de lo objetivo, al fin, depende de tu estado subjetivo.
Así que, desde los gurús milenarios hasta los físicos cuánticos, cuando asumes tu transición sin miedo experimentas un anticipo de esa sensación de plenitud.

http://www.lavanguardia.com/lacontra/20120605/54303448302/pim-van-lommel.html