“Morir para ser yo”: cómo regresé a la vida

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A lo largo de los días siguientes fui capaz de ir contando poco a poco a mi familia lo que me había pasado en el otro ámbito, y también les detallé muchas de las cosas que habían sucedido en el hospital mientras estuve en coma. Repetí casi palabra por palabra algunas de las conversaciones que habían mantenido mis familiares, y no solo a mi lado, sino fuera de la habitación y más allá: en el pasillo y en las salas de espera del hospital. Y para sorpresa de todos, también pude describir muchos de los tratamientos que me habían realizado e identificar a los médicos y enfermeras que me los habían administrado.

Le conté al oncólogo, y también a mi familia, que había tenido problemas para respirar y que había comenzado a ahogarme con mis propios fluidos a mitad de la noche, justo cuando mi marido hizo sonar el timbre de emergencia. Les relaté cómo llegaron las enfermeras y llamaron urgentemente al doctor, que vino corriendo, porque todos pensaban que estaba exhalando mi último aliento. Para gran sorpresa y conmoción de todo el mundo,describí cada detalle de ese incidente, incluyendo la hora a la que pasó. Incluso identifiqué al enfermero que se había puesto tan nervioso al atenderme cuando me ingresaron.

—Ese es el enfermero que dijo que mis venas se habían vuelto invisibles, y que siguió diciendo que mis brazos no tenían carne,que yo era todo huesos y que no podía encontrar una vena para administrarme el tratamiento intravenoso. De hecho, su tono sonaba como si ni siquiera tuviera mucho sentido buscármela.

Mi hermano se disgustó mucho por aquello, y más tarde admitió que posteriormente había reprendido al hombre diciéndole:
—Mi hermana oyó todo lo que usted dijo cuando no podía encontrarle las venas. ¡Incluso notó que no apostaba por su supervivencia!
—¡No tenía ni idea de que pudiera oírme! ¡Estaba en coma! —El enfermero estaba sorprendido y acongojado, y se disculpó todo lo que pudo por su falta de sensibilidad.

Dos días después de salir del coma, los médicos me informaron de que, puesto que mis órganos habían vuelto a funcionar milagrosamente, la inflamación causada por la acumulación de toxinas en mi cuerpo había remitido considerablemente. Yo me encontraba muy positiva y optimista, y pedí a los facultativos que me quitaran la sonda de  alimentación, porque ya podía comer sola. Una oncóloga de las que me trataban protestó, afirmando que estaba demasiado desnutrida y que mi cuerpo no absorbía los nutrientes. Pero insistí en que ya estaba preparada para volver a comer con normalidad. Después de todo, mis órganos ya volvían a funcionar de nuevo. La oncóloga aceptó a regañadientes, pero me advirtió que, si no me alimentaba  adecuadamente, volverían a ponerme la sonda.

La sonda de alimentación nasogástrica era seguramente el tubo más incómodo de todos los que tenía conectados al cuerpo. La tenía introducida por la nariz y me bajaba por la tráquea hasta el estómago. A través de ella me introducían directamente proteína líquida al sistema digestivo. La presencia de ese tubo hacía que notara la garganta reseca y que me picara el interior de la nariz, haciéndome sentir incómoda a todas horas. Estaba deseando librarme de él.

Cuando me lo quitaron, el doctor le sugirió a mi familia que la mejor comida sólida que podía ingerir en ese momento era helado; eso calmaría las abrasiones de mi garganta y además me resultaría fácil de digerir, a la vez que me ahorraba el esfuerzo añadido de tener que masticar. Se me iluminaron los ojos ante la sugerencia, y Danny se fue para traerme una tarrina de mi marca favorita de helado de chocolate. Cuando el otro oncólogo vino a hacer la ronda rutinaria, no pudo ocultar su sorpresa.
—En los últimos tres días sus tumores se han reducido de modo muy considerable, a decir verdad —exclamó incrédulo—. Y la inflamación de sus glándulas ha ido remitiendo hasta que ya casi se han quedado en la mitad de lo que eran antes.cons 6

Para mi gran regocijo, al día siguiente me quitaron el tubo del oxígeno. Los médicos me hicieron pruebas y se dieron cuenta de que ya respiraba sin ayuda, así que me lo quitaron. Para entonces ya podía incorporarme en la cama, aunque apoyaba la cabeza sobre varias almohadas, porque todavía estaba demasiado débil para sostenerla mucho tiempo. Seguía muy animada. Quería hablar con mi familia y, sobre todo, tenía muchas ganas de hablar con Anoop y que me pusiera al día. En ese momento empecé a tener ganas de escuchar música y le pedí a Danny que me trajera mi iPod al hospital. No podía ponerme auriculares debido a todos los tubos y los cables que todavía tenía conectados al cuerpo, además de una herida abierta en el cuello, así que Danny conectó un par de pequeños altavoces al reproductor y depositó todo ello en mi mesita de noche para que pudiera escuchar música.

Estaba en un estado de euforia permanente, de modo que solo tenía ganas de escuchar canciones animadas, a pesar de que mis músculos no tenían todavía la suficiente fuerza como para salir de la cama, y mucho menos para bailar. Pero en mi cabeza no dejaba de brincar alegremente, y la música contribuía a que mantuviera ese optimismo. En ese momento todavía no comprendía
del todo por qué estaba tan positiva; solo tenía la sensación de que sabía algo. Me sentía como una niña pequeña. Quería escuchar música, comer helado y charlar con mi familia. Estaba todo el rato contenta y riéndome. No podía salir de la cama ni desplazarme, pero todo parecía perfecto, como nunca antes había sentido. En esos momentos todavía seguía en la UCI, pero entonces los médicos decidieron que estaba empezando a molestar a los otros pacientes, que sí estaban «realmente» enfermos. Sus familiares se quejaban de la música, las risas y la cháchara que llegaba desde mi lado de la cortina.
—¡No sé qué hacer con usted! —me dijo el doctor Chan cuando pasó a verme durante la ronda de la mañana—. Ni siquiera sé qué poner en su historial. ¡Su caso es verdaderamente excepcional!
Así que, al llegar el quinto día de mi estancia en el hospital, me trasladaron a una habitación en planta, donde tenía la privacidad suficiente para escuchar música y reírme todo lo que quisiera.

Lentamente, muy lentamente en realidad, empezó a llegarme la compresión de lo que me había ocurrido. A medida que mi mente fue aclarándose y empecé a recordar los detalles de lo que había sucedido, empecé a notar que me emocionaba todo, hasta las cosas más pequeñas. Sentía cierta melancolía por haber dejado atrás la asombrosa belleza y libertad del otro ámbito, pero al mismo tiempo estaba muy feliz y agradecida por haber vuelto y haber retomado la relación con mi familia. Lloraba de pena y de alegría a la vez.

Además, ahora sentía un vínculo con cada persona como jamás había notado antes. No solo me sentía unida a los miembros de mi familia, sino también a cada enfermera, médico o celador que pasaba por mi habitación. Me sentía desbordada de amor por todas las personas que acudían a cuidarme o a atenderme de un modo u otro. Y no era una forma de cariño que me resultara familiar; me sentía como si estuviera conectada con todos ellos a un nivel muy profundo, y sabía todo lo que sentían y pensaban casi como si compartiéramos la misma mente.

1Dado que mi cama estaba junto a la ventana, al poco de ser trasladada a la habitación me preguntó una de las enfermeras si quería sentarme para poder mirar a través de ella. Caí en la cuenta de que llevaba una larga temporada sin ver el mundo exterior, así que me entusiasmé ante la posibilidad de poder volver a hacerlo y le dije que sí con total convicción. La enfermera me incorporó, y cuando miré por la ventana seme llenaron los ojos de lágrimas y no pude evitar romper a llorar. No me había dado cuenta hasta ese momento de que el hospital estaba a solo unas manzanas de la casa de mi infancia, en Happy Valley. Tal como mencioné anteriormente, ese no era el hospital al que había estado acudiendo durante los últimos años para recibir mis tratamientos y realizarme las transfusiones de sangre. El día que entré en coma fue la primera vez que crucé sus puertas. Así que ahora me veía inesperadamente allí, ante prácticamente la misma vista que tuve en mi infancia. Podía ver el hipódromo frente al hospital ¡y la línea del tranvía que cogía con Ah Fong!

Mientras miraba los paisajes de mi infancia con los ojos llenos de lágrimas, sentí como si hubiera completado un círculo. «Oh, Dios mío, no me lo puedo creer —pensé maravillada—.¡[Mira los tranvías, el parque y los edificios de mi niñez! ¡Esto es un mensaje! Se me ha concedido una nueva oportunidad. Puedo empezar otra vez de cero.»

A pesar de que la vista me resultaba familiar y el escenario era completamente cotidiano, parecía que el mundo fuera totalmente nuevo. Todo fresco, nuevo y hermoso, como si lo estuviera viendo por primera vez. Los colores eran más brillantes de lo que recordaba, y captaba cada detalle como si lo percibiera de nuevas. Contemplé los edificios circundantes, uno de los cuales era la casa de baja altura en la que crecí. Frente a ella, al otro lado de la calle, se extendía el parque al que acudía cuando era pequeña, y a su alrededor traqueteaban los tranvías, los coches circulaban y los peatones paseaban a sus perros o caminaban apresurados a realizar sus recados. Lo vi todo con nuevos ojos, como si fuera nuevamente una niña. El paisaje no tenía nada de extraordinario, pero era lo mejor que había visto en mucho tiempo; tal vez en toda mi vida.

Extracto del libro Morir para ser yo de Anita Moorjani

“Vivir para ser yo”: ¿luchar o dejarse morir?

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En el otro ámbito me admiraba de mi comprensión recién hallada, disfrutando y explorando esa nueva consciencia que todo lo abarcaba. Y mientras lo hacía, me fui dando cuenta de que tenía ante mí una elección y que debía tomar una decisión.

Llegué a un punto en el que volví a sentir poderosamente la tranquilizadora presencia de mi padre envolviéndome, casi como si me estuviera abrazando. «Papá, me siento como si hubiera vuelto a casa. Estoy muy contenta aquí. [La vida está tan llena de dolor1.», le dije. «Pero si siempre estás en casa, cariño —me recalcó—. Siempre lo has estado y siempre lo estarás. Quiero que lo recuerdes.»

Aunque nunca estuve muy unida a mi padre durante mi infancia,todo lo que ahora sentía emanar de él era un amor glorioso e incondicional. Durante mi vida física con él, a menudo me había sentido frustrada debido a sus intentos por conformarme según las normas culturales indias, como, por ejemplo, su insistencia en que me casara joven, haciéndome sentir inadaptada debido a que no siempre había sido capaz de cumplir con sus pautas. Pero en ese ámbito me di cuenta de que, en ausencia de las restricciones físicas y de las ataduras derivadas de su condicionamiento cultural y de sus expectativas, lo que mi padre sentía por mí era puro amor. Las presiones culturales que había ejercido sobre mí habían desaparecido, pues solo formaban parte de nuestra existencia física. Nada de eso importaba después de la muerte; esos valores no nos acompañaban a la otra vida. Lo único que permanecía era nuestra conexión, el amor incondicional que nos teníamos. Así que, por  primera vez, me sentí muy querida y segura en presencia de mi padre. Realmente me sentía de maravilla, como si por fin hubiera llegado a casa.

Nuestra comunicación no era verbal, sino más bien una fusión completa de comprensión mutua. No solo comprendía a mi padre: era como si me hubiera convertido en él. Era consciente de que él había estado con toda mi familia durante los años transcurridos desde de su muerte. Había permanecido con mi madre, apoyándola y cuidándola. Y también había estado conmigo en mi boda y durante mi enfermedad. Fui consciente de que la esencia de mi padre se estaba comunicando conmigo más directamente todavía: «Cariño, quiero que sepas que todavía no ha llegado tu momento de quedarte. Pero es decisión tuya elegir si quieres venir conmigoo regresar a tu cuerpo».

«Pero mi cuerpo está muy enfermo, devastado y consumido por el cáncer —fue el pensamiento que me atravesó inmediatamente—. ¿Por qué iba a querer volver a ese cuerpo? No me ha causado más que sufrimiento. Y no solo a mí, sino también a mamá y a Danny. No creo que tenga ningún sentido volver.»Eso sin tener en cuenta que ese estado de amor incondicional era tan maravilloso que no podía ni siquiera soportar la idea de volver. Quería quedarme para siempre donde estaba.

Lo que ocurrió después es increíblemente difícil de describir.
Primero, era como si todas las cosas a las que dirigía mi conciencia aparecieran instantáneamente ante mí. Segundo, el tiempo era completamente irrelevante; no era siquiera un factor a considerar, como si no existiera. Previamente a ese punto temporal, los médicos habían hecho pruebas del funcionamiento de mis órganos y ya habían redactado su informe por escrito. Sin embargo, en ese ámbito era como si el resultado de esas pruebas y el correspondiente informe dependieran de la decisión que yo todavía tenía que tomar: o vivir o seguir adentrándome en la muerte. Si elegía la muerte, los resultados de las pruebas mostrarían que me sobrevenía un fallo orgánico. Pero si elegía volver a la vida física, mostrarían que mis órganos comenzaban a funcionar de nuevo.

En ese instante decidí que no quería volver. Entonces tomé conciencia de mi cuerpo físico muriendo y vi a los médicos hablando con mi familia, explicándoles que había muerto de un fallo multiorgánico. Al mismo tiempo, mi padre se comunicó conmigo: «Hasta aquí puedes llegar, cariño. Si vas más allá, no podrás volver.»

Entonces fui consciente de que había una frontera ante mí,aunque no era una demarcación física; era más bien un umbral invisible marcado por una variación de niveles de energía. Sabía que si lo cruzaba no habría vuelta atrás. Todos mis vínculos con el mundo físico quedarían permanentemente cercenados; y, tal como acababa de ver, a mi familia le comunicarían que mi muerte se había producido por un fallo orgánico como consecuencia de un linfoma en estado terminal. El amor y aceptación incondicional eran de una inmensidad inconcebible, y yo quería cruzar ese umbral para proseguir experimentando eso eternamente. Era como si estuviera envuelta en la unidad, en la esencia pura de todo ser viviente y criatura, sin padecimientos, dolores, dramas o egos.

Volví mi conciencia hacia la reacción de mi desolada familia ante la noticia de mi muerte. Vi la cabeza de Danny enterrada en mi pecho exánime, sosteniendo mi mano inerte mientras su cuerpo se convulsionaba con hondos e inconsolables sollozos. Mi madre, cerniéndose sobre mi blanca como una sábana, me miraba con incredulidad. Y mi hermano Anoop llegaba conmocionado por no haber logrado comparecer a tiempo.

Antes de ser absorbida por lo que estaba sucediendo con mi existencia física y mi familia, un súbito impulso me arrebató de mis emociones. Una vez más me sentí embargada por la reconfortante sensación de que se estaba desplegando una historia mayor. Sabía que aunque eligiera no volver, todo era exactamente como tenía que ser dentro del gran tapiz de la vidaEn cuanto tomé la decisión de proseguir hacia la muerte, me di cuenta de un nuevo nivel de verdad. Descubrí que, puesto que me había dado cuenta de quién era realmente y había comprendido la magnificencia de mi verdadero ser, si elegía volver a la vida mi cuerpo se curaría rápidamente;no en semanas ni meses, ¡sino en días! Supe que los médicos no serían capaces de encontrar ni una traza de cáncer si elegía regresar al cuerpo. «¿Cómo es eso posible?» Estaba atónita por esa revelación, y quise comprender la razón de que sucediera así.

Entonces entendí que mi cuerpo es solo un reflejo de mi estado interno. Si mi yo interior se hacía consciente de su grandeza y de su conexión con Todo-lo-que-es, mi cuerpo pronto lo reflejaría y se curaría rápidamente. Aun cuando siempre había tenido el poder de elegir, también discerní que había algo más… «Es como si hubiera algún tipo de propósito que tuviera que cumplir todavía. ¿Pero qué es? ¿Cómo haré para encontrarlo?»

Entonces percibí que no tenía que ir a buscar a ninguna parte lo que se suponía que debía hacer; se desplegaría ante mí. Implicaba ayudar a muchas personas, a miles, o quizá decenas de miles, acaso compartiendo un mensaje con ellas. Pero no hacía falta que buscara nada ni que me esforzara por imaginarme cómo iba a lograrlo. Simplemente debía permitir que el propósito se desplegara por sí mismo.

Al experimentar esta mi mayor revelación, fue como si me inundara el centelleo de un relámpago. Comprendí que, por el mero hecho de ser el amor que en verdad soy, me curaría a mí misma y también a otros. Nunca había comprendido esto anteriormente, y sin embargo, ahora parecía muy obvio. Si todos somos Uno, todos facetas del mismo Todo, que es amor incondicional, entonces es evidente que todos somos amor. Y supe que ese es verdaderamente el único propósito de la vida: ser nosotros mismos, vivir nuestra verdad y ser el amor que somos.

Como confirmando mi reciente comprensión, fui consciente entonces de mi padre y de Soni comunicándome: «Ahora que ya sabes la verdad de quien eres realmente, regresa y vive tu vida sin miedo.»

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Extracto del libro Morir para ser yo de Anita Moorjani

 

Aniversario del blog

1a

Cuánto tiempo escribiendo sobre duelo en esta bitácora. He ido añadiendo mis sensaciones, lo que me gustaba, lo que leía, lo que me hacía pensar… día a día, poco a poco…Y así, resulta que han pasado seis años. Y que hace ya más de diez que se nos llevaron a nuestro hijo.

Muchos comentarios y muchas historias han pasado por aquí, muchas también se han ido, porque el duelo debe ser temporal. A nosotros también se nos nota en nuestros escritos que estamos mucho más serenos.

Pero somos otros, un poco diferentes, los calcetines dados la vuelta… Y nunca dejaremos de añorar a los seres queridos que nos faltan.

Gracias por vuestras aportaciones. Un abrazo.

 

“Morir para ser yo”: consciencia tras la muerte

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AUNQUE MI INTENCIÓN con este relato es compartir mi experiencia cercana a la muerte, no hay palabras que puedan acercarse a describir su profundidad ni la comprensión que me inundó. Así que la mejor forma de expresarlo es a través del uso de metáforas y analogías. Espero poder capturar de este modo una parte, al menos, de la esencia de lo que estoy intentando trasmitir, aunque sea de manera modesta.

Imagina un almacén enorme y oscuro. Tú vives allí dentro y solo tienes una pequeña linterna para iluminarte. Todo lo que sabes de lo que contiene ese enorme espacio se limita a lo que puedes ver con el haz de luz de la linterna. Cuando buscas algo puede que lo encuentres o no, pero el hecho de que no lo encuentres no significa que no exista. Puede estar ahí y, sin embargo, que no lo veas porque no has acertado a dirigir la luz hacia ello. E incluso aunque alcances a iluminarlo, puede que el objeto en cuestión no sea fácil de reconocer; quizá tengas una idea de cómo es ese objeto, pero si no sabes exactamente qué es, lo más normal es que no aciertes a captarlo. Así que solo puedes ver los objetos a los que diriges la luz, pero de todos ellos, solo puedes identificar los que ya conoces.Así es la vida física. Solo nos percatamos de las cosas sobre las que enfocamos nuestros sentidos en un momento dado, pero de todas ellas solo somos capaces de entender y reconocer aquellas que ya conocemos de antemano.

Ahora imagina que un día alguien enciende la luz del almacén. Entonces, por primera vez, en una repentina explosión de luz, color y sonido, puedes ver simultáneamente todo lo que alberga. No se parece a lo que te habías imaginado. Las luces parpadean, brillan y emiten destellos de color rojo, amarillo, azul y verde. Ves colores que no reconoces porque no los habías visto nunca antes. La música inunda la habitación con unas melodías fantásticas, caleidoscópicas, y un sonido envolvente que jamás habías oído. Hay unos letreros de neón que parpadean y cambian constantemente de color: cereza, limón, bermellón, uva, lavanda y dorado. Unos juguetes eléctricos suben y bajan por unos rieles y rodean estantes llenos de cajas, paquetes, papeles, lápices, pinturas, tintas, latas de comida, envoltorios de caramelos multicolores, botellas de refrescos, bombones de todas las variedades posibles, champán y vinos de todas las partes del mundo. De repente, unos cohetes cruzan el aire dejando una estela de chispas y al explotar forman flores chisporroteantes, cascadas de fuego frío, pavesas sibilantes y juegos de luces.

La vastedad, complejidad, profundidad y amplitud de todo lo que sucede a tu alrededor es casi abrumadora. Hay cosas que ver hasta los confines del espacio, y sabes que en ese torrente cautivador, tanto para los sentidos como para las emociones, hay más de lo que puedes absorber. Pero tienes la poderosa sensación de que eres parte de algo vivo, infinito y fantástico, de un tapiz enorme y oculto que va más allá de lo que abarcan la vista y el oído. Entiendes que lo que solías considerar tu realidad era, en verdad, solo una mota dentro de la vasta maravilla que te rodea. Ahora ves cómo se interrelacionan las diferentes partes, cómo cada cosa contrasta con todas las demás y cómo finalmente todo encaja.

Te das cuenta de cuántas cosas hay en el almacén que nunca habías visto; ni siquiera habrías podido ni soñar que pudiera existir tal esplendor y toda esa maravilla de color, sonido y textura, pero ahí está todo ello al lado de lo que ya conocías. Y ahora, incluso los objetos que ya conocías se enmarcan en un contexto completamente nuevo, de forma que también ellos parecen completamente nuevos y extraordinarios.

Ahora, aunque se vuelva a apagar la luz, nada ni nadie podrá quitarte esa comprensión y esa claridad, ni arrebatarte la grandiosidad, la belleza o la fabulosa energía de la experiencia. Nada podrá jamás anularte el conocimiento de todo lo que hay en el almacén.

Ahora eres mucho más consciente de lo que hay ahí que cuando solo tenías tu pequeña linterna, y sabes cómo acceder a ello y a todas las posibilidades que hay a tu alcance, y te inunda una sensación de sobrecogimiento y reverencia debido a todo lo que has experimentado durante esos momentos de cegadora lucidez. La vida ha adquirido un significado diferente, y lo que experimentes de ahí en adelante estará teñido de esa nueva consciencia.

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Extracto del libro Morir para ser yo de Anita Moorjani

“Morir para ser yo” : cómo me sentí mientras moría

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—Puede que el corazón de su mujer siga latiendo —le dijo a Danny—, pero ella ya no está aquí. Es demasiado tarde para salvarla.
«¿De qué está hablando la doctora? —me pregunté—. No me he sentido mejor en mi vida! ¿Y por qué mi madre y Danny parecen tan asustados y preocupados? Mamá, no llores. ¿Qué ocurre? ¿Estás llorando por mí? No te preocupes. Estoy bien, de verdad, mamá, ¡lo estoy!».

Pensaba que estaba diciendo esas palabras en voz alta, pero ningún sonido salía de mi boca. No tenía voz. Quería abrazar a mi madre, reconfortarla y asegurarle que estaba bien, y no comprendía por qué no podía hacerlo. ¿Por qué mi cuerpo no estaba cooperando? ¿Por qué staba allí tumbada, inerte, cuando lo que quería hacer era abrazar a mi marido y a mi madre y decirles que estaba bien y que ya no sentía dolor?

Debido a la gravedad de la situación, la doctora llamó inmediatamente a otro oncólogo con más experiencia para que la ayudara. Curiosamente, en el estado cercano a la muerte en el que me encontraba en ese momento, yo era más consciente de todo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor de lo que hubiera podido serlo en mi estado físico normal. No estaba utilizando mis cinco sentidos biológicos, sino absorbiéndolo todo con mucha más profundidad que si estuviera usando mis órganos físicos. Era como si otro tipo de percepción totalmente diferente se hubiera abierto ante mí, y ahora, más que percibir informaciones concretas, parecía estar abarcando todo lo que ocurría como si me estuviera de alguna forma fundiendo con ello.El otro oncólogo ordenó que me llevaran  inmediatamente al laboratorio de radiología para que pudieran hacerme un escáner
(…)

Ante la insistencia de mi marido para que no se rindieran a pesar de mi estado, el equipo médico hizo todo lo que pudo por mí. Pero los minutos pasaban y yo seguía tumbada en la UCI con el  personal administrándome medicamentos a través de agujas y tubos mientras mi familia les observaba impotente.

Entonces corrieron una cortina alrededor de mi cama para separarme de los pacientes que tenía a ambos lados, y Danny y mi madre quedaron fuera del cubículo que había creado la cortina.Noté que las enfermeras todavía pululaban por allí, preparando mi cuerpo casi sin vida para engancharlo al oxígeno y a otras máquinas que empezaron a administrarme fluidos y glucosa.

Sabía cuándo venía la gente a verme, quiénes eran y qué hacían.Aunque mis ojos estaban cerrados, era totalmente consciente de todos los detalles que había a mi alrededor y más allá, hasta el más mínimo. La agudeza de mi percepción era mayor que si hubiera estado despierta y utilizando mis sentidos físicos con normalidad. Simplemente, parecía saberlo y comprenderlo todo; no solo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, sino también lo que sentía todo el mundo, como si pudiera ver y sentir el interior de todas las personas. Podía percibir su miedo, su desesperación y su resignación ante mi estado. «Danny y mamá parecen tan tristes y tan asustados… Ojalá supieran que ya no siento dolor. Ojalá pudiera decírselo. Mamá, por favor, no llores. ¡Estoy bien! ¡Estoy aquí, contigo!»

Era totalmente consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Aunque parecía que todo estaba ocurriendo al mismo tiempo,las cosas en las que decidía fijarme aparecían instantáneamente con toda nitidez.
—¡No le encuentro las venas! —oí que un enfermero le decía nervioso al médico de guardia. Había miedo en su voz—. Las tiene totalmente invisibles. ¡Oh, pero mírale los brazos! Es que no tiene carne. Su cuerpo lleva mucho tiempo sin absorber ningún nutriente —recuerdo claramente que decía una voz masculina. «Parece tan desalentado… —pensé—. Si fuera por él, dejaría de intentarlo; y no le culpo.»