“Vivir para ser yo”: ¿luchar o dejarse morir?

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En el otro ámbito me admiraba de mi comprensión recién hallada, disfrutando y explorando esa nueva consciencia que todo lo abarcaba. Y mientras lo hacía, me fui dando cuenta de que tenía ante mí una elección y que debía tomar una decisión.

Llegué a un punto en el que volví a sentir poderosamente la tranquilizadora presencia de mi padre envolviéndome, casi como si me estuviera abrazando. «Papá, me siento como si hubiera vuelto a casa. Estoy muy contenta aquí. [La vida está tan llena de dolor1.», le dije. «Pero si siempre estás en casa, cariño —me recalcó—. Siempre lo has estado y siempre lo estarás. Quiero que lo recuerdes.»

Aunque nunca estuve muy unida a mi padre durante mi infancia,todo lo que ahora sentía emanar de él era un amor glorioso e incondicional. Durante mi vida física con él, a menudo me había sentido frustrada debido a sus intentos por conformarme según las normas culturales indias, como, por ejemplo, su insistencia en que me casara joven, haciéndome sentir inadaptada debido a que no siempre había sido capaz de cumplir con sus pautas. Pero en ese ámbito me di cuenta de que, en ausencia de las restricciones físicas y de las ataduras derivadas de su condicionamiento cultural y de sus expectativas, lo que mi padre sentía por mí era puro amor. Las presiones culturales que había ejercido sobre mí habían desaparecido, pues solo formaban parte de nuestra existencia física. Nada de eso importaba después de la muerte; esos valores no nos acompañaban a la otra vida. Lo único que permanecía era nuestra conexión, el amor incondicional que nos teníamos. Así que, por  primera vez, me sentí muy querida y segura en presencia de mi padre. Realmente me sentía de maravilla, como si por fin hubiera llegado a casa.

Nuestra comunicación no era verbal, sino más bien una fusión completa de comprensión mutua. No solo comprendía a mi padre: era como si me hubiera convertido en él. Era consciente de que él había estado con toda mi familia durante los años transcurridos desde de su muerte. Había permanecido con mi madre, apoyándola y cuidándola. Y también había estado conmigo en mi boda y durante mi enfermedad. Fui consciente de que la esencia de mi padre se estaba comunicando conmigo más directamente todavía: «Cariño, quiero que sepas que todavía no ha llegado tu momento de quedarte. Pero es decisión tuya elegir si quieres venir conmigoo regresar a tu cuerpo».

«Pero mi cuerpo está muy enfermo, devastado y consumido por el cáncer —fue el pensamiento que me atravesó inmediatamente—. ¿Por qué iba a querer volver a ese cuerpo? No me ha causado más que sufrimiento. Y no solo a mí, sino también a mamá y a Danny. No creo que tenga ningún sentido volver.»Eso sin tener en cuenta que ese estado de amor incondicional era tan maravilloso que no podía ni siquiera soportar la idea de volver. Quería quedarme para siempre donde estaba.

Lo que ocurrió después es increíblemente difícil de describir.
Primero, era como si todas las cosas a las que dirigía mi conciencia aparecieran instantáneamente ante mí. Segundo, el tiempo era completamente irrelevante; no era siquiera un factor a considerar, como si no existiera. Previamente a ese punto temporal, los médicos habían hecho pruebas del funcionamiento de mis órganos y ya habían redactado su informe por escrito. Sin embargo, en ese ámbito era como si el resultado de esas pruebas y el correspondiente informe dependieran de la decisión que yo todavía tenía que tomar: o vivir o seguir adentrándome en la muerte. Si elegía la muerte, los resultados de las pruebas mostrarían que me sobrevenía un fallo orgánico. Pero si elegía volver a la vida física, mostrarían que mis órganos comenzaban a funcionar de nuevo.

En ese instante decidí que no quería volver. Entonces tomé conciencia de mi cuerpo físico muriendo y vi a los médicos hablando con mi familia, explicándoles que había muerto de un fallo multiorgánico. Al mismo tiempo, mi padre se comunicó conmigo: «Hasta aquí puedes llegar, cariño. Si vas más allá, no podrás volver.»

Entonces fui consciente de que había una frontera ante mí,aunque no era una demarcación física; era más bien un umbral invisible marcado por una variación de niveles de energía. Sabía que si lo cruzaba no habría vuelta atrás. Todos mis vínculos con el mundo físico quedarían permanentemente cercenados; y, tal como acababa de ver, a mi familia le comunicarían que mi muerte se había producido por un fallo orgánico como consecuencia de un linfoma en estado terminal. El amor y aceptación incondicional eran de una inmensidad inconcebible, y yo quería cruzar ese umbral para proseguir experimentando eso eternamente. Era como si estuviera envuelta en la unidad, en la esencia pura de todo ser viviente y criatura, sin padecimientos, dolores, dramas o egos.

Volví mi conciencia hacia la reacción de mi desolada familia ante la noticia de mi muerte. Vi la cabeza de Danny enterrada en mi pecho exánime, sosteniendo mi mano inerte mientras su cuerpo se convulsionaba con hondos e inconsolables sollozos. Mi madre, cerniéndose sobre mi blanca como una sábana, me miraba con incredulidad. Y mi hermano Anoop llegaba conmocionado por no haber logrado comparecer a tiempo.

Antes de ser absorbida por lo que estaba sucediendo con mi existencia física y mi familia, un súbito impulso me arrebató de mis emociones. Una vez más me sentí embargada por la reconfortante sensación de que se estaba desplegando una historia mayor. Sabía que aunque eligiera no volver, todo era exactamente como tenía que ser dentro del gran tapiz de la vidaEn cuanto tomé la decisión de proseguir hacia la muerte, me di cuenta de un nuevo nivel de verdad. Descubrí que, puesto que me había dado cuenta de quién era realmente y había comprendido la magnificencia de mi verdadero ser, si elegía volver a la vida mi cuerpo se curaría rápidamente;no en semanas ni meses, ¡sino en días! Supe que los médicos no serían capaces de encontrar ni una traza de cáncer si elegía regresar al cuerpo. «¿Cómo es eso posible?» Estaba atónita por esa revelación, y quise comprender la razón de que sucediera así.

Entonces entendí que mi cuerpo es solo un reflejo de mi estado interno. Si mi yo interior se hacía consciente de su grandeza y de su conexión con Todo-lo-que-es, mi cuerpo pronto lo reflejaría y se curaría rápidamente. Aun cuando siempre había tenido el poder de elegir, también discerní que había algo más… «Es como si hubiera algún tipo de propósito que tuviera que cumplir todavía. ¿Pero qué es? ¿Cómo haré para encontrarlo?»

Entonces percibí que no tenía que ir a buscar a ninguna parte lo que se suponía que debía hacer; se desplegaría ante mí. Implicaba ayudar a muchas personas, a miles, o quizá decenas de miles, acaso compartiendo un mensaje con ellas. Pero no hacía falta que buscara nada ni que me esforzara por imaginarme cómo iba a lograrlo. Simplemente debía permitir que el propósito se desplegara por sí mismo.

Al experimentar esta mi mayor revelación, fue como si me inundara el centelleo de un relámpago. Comprendí que, por el mero hecho de ser el amor que en verdad soy, me curaría a mí misma y también a otros. Nunca había comprendido esto anteriormente, y sin embargo, ahora parecía muy obvio. Si todos somos Uno, todos facetas del mismo Todo, que es amor incondicional, entonces es evidente que todos somos amor. Y supe que ese es verdaderamente el único propósito de la vida: ser nosotros mismos, vivir nuestra verdad y ser el amor que somos.

Como confirmando mi reciente comprensión, fui consciente entonces de mi padre y de Soni comunicándome: «Ahora que ya sabes la verdad de quien eres realmente, regresa y vive tu vida sin miedo.»

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Extracto del libro Morir para ser yo de Anita Moorjani

 

Aniversario del blog

1a

Cuánto tiempo escribiendo sobre duelo en esta bitácora. He ido añadiendo mis sensaciones, lo que me gustaba, lo que leía, lo que me hacía pensar… día a día, poco a poco…Y así, resulta que han pasado seis años. Y que hace ya más de diez que se nos llevaron a nuestro hijo.

Muchos comentarios y muchas historias han pasado por aquí, muchas también se han ido, porque el duelo debe ser temporal. A nosotros también se nos nota en nuestros escritos que estamos mucho más serenos.

Pero somos otros, un poco diferentes, los calcetines dados la vuelta… Y nunca dejaremos de añorar a los seres queridos que nos faltan.

Gracias por vuestras aportaciones. Un abrazo.

 

“Morir para ser yo”: consciencia tras la muerte

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AUNQUE MI INTENCIÓN con este relato es compartir mi experiencia cercana a la muerte, no hay palabras que puedan acercarse a describir su profundidad ni la comprensión que me inundó. Así que la mejor forma de expresarlo es a través del uso de metáforas y analogías. Espero poder capturar de este modo una parte, al menos, de la esencia de lo que estoy intentando trasmitir, aunque sea de manera modesta.

Imagina un almacén enorme y oscuro. Tú vives allí dentro y solo tienes una pequeña linterna para iluminarte. Todo lo que sabes de lo que contiene ese enorme espacio se limita a lo que puedes ver con el haz de luz de la linterna. Cuando buscas algo puede que lo encuentres o no, pero el hecho de que no lo encuentres no significa que no exista. Puede estar ahí y, sin embargo, que no lo veas porque no has acertado a dirigir la luz hacia ello. E incluso aunque alcances a iluminarlo, puede que el objeto en cuestión no sea fácil de reconocer; quizá tengas una idea de cómo es ese objeto, pero si no sabes exactamente qué es, lo más normal es que no aciertes a captarlo. Así que solo puedes ver los objetos a los que diriges la luz, pero de todos ellos, solo puedes identificar los que ya conoces.Así es la vida física. Solo nos percatamos de las cosas sobre las que enfocamos nuestros sentidos en un momento dado, pero de todas ellas solo somos capaces de entender y reconocer aquellas que ya conocemos de antemano.

Ahora imagina que un día alguien enciende la luz del almacén. Entonces, por primera vez, en una repentina explosión de luz, color y sonido, puedes ver simultáneamente todo lo que alberga. No se parece a lo que te habías imaginado. Las luces parpadean, brillan y emiten destellos de color rojo, amarillo, azul y verde. Ves colores que no reconoces porque no los habías visto nunca antes. La música inunda la habitación con unas melodías fantásticas, caleidoscópicas, y un sonido envolvente que jamás habías oído. Hay unos letreros de neón que parpadean y cambian constantemente de color: cereza, limón, bermellón, uva, lavanda y dorado. Unos juguetes eléctricos suben y bajan por unos rieles y rodean estantes llenos de cajas, paquetes, papeles, lápices, pinturas, tintas, latas de comida, envoltorios de caramelos multicolores, botellas de refrescos, bombones de todas las variedades posibles, champán y vinos de todas las partes del mundo. De repente, unos cohetes cruzan el aire dejando una estela de chispas y al explotar forman flores chisporroteantes, cascadas de fuego frío, pavesas sibilantes y juegos de luces.

La vastedad, complejidad, profundidad y amplitud de todo lo que sucede a tu alrededor es casi abrumadora. Hay cosas que ver hasta los confines del espacio, y sabes que en ese torrente cautivador, tanto para los sentidos como para las emociones, hay más de lo que puedes absorber. Pero tienes la poderosa sensación de que eres parte de algo vivo, infinito y fantástico, de un tapiz enorme y oculto que va más allá de lo que abarcan la vista y el oído. Entiendes que lo que solías considerar tu realidad era, en verdad, solo una mota dentro de la vasta maravilla que te rodea. Ahora ves cómo se interrelacionan las diferentes partes, cómo cada cosa contrasta con todas las demás y cómo finalmente todo encaja.

Te das cuenta de cuántas cosas hay en el almacén que nunca habías visto; ni siquiera habrías podido ni soñar que pudiera existir tal esplendor y toda esa maravilla de color, sonido y textura, pero ahí está todo ello al lado de lo que ya conocías. Y ahora, incluso los objetos que ya conocías se enmarcan en un contexto completamente nuevo, de forma que también ellos parecen completamente nuevos y extraordinarios.

Ahora, aunque se vuelva a apagar la luz, nada ni nadie podrá quitarte esa comprensión y esa claridad, ni arrebatarte la grandiosidad, la belleza o la fabulosa energía de la experiencia. Nada podrá jamás anularte el conocimiento de todo lo que hay en el almacén.

Ahora eres mucho más consciente de lo que hay ahí que cuando solo tenías tu pequeña linterna, y sabes cómo acceder a ello y a todas las posibilidades que hay a tu alcance, y te inunda una sensación de sobrecogimiento y reverencia debido a todo lo que has experimentado durante esos momentos de cegadora lucidez. La vida ha adquirido un significado diferente, y lo que experimentes de ahí en adelante estará teñido de esa nueva consciencia.

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Extracto del libro Morir para ser yo de Anita Moorjani

“Morir para ser yo” : cómo me sentí mientras moría

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—Puede que el corazón de su mujer siga latiendo —le dijo a Danny—, pero ella ya no está aquí. Es demasiado tarde para salvarla.
«¿De qué está hablando la doctora? —me pregunté—. No me he sentido mejor en mi vida! ¿Y por qué mi madre y Danny parecen tan asustados y preocupados? Mamá, no llores. ¿Qué ocurre? ¿Estás llorando por mí? No te preocupes. Estoy bien, de verdad, mamá, ¡lo estoy!».

Pensaba que estaba diciendo esas palabras en voz alta, pero ningún sonido salía de mi boca. No tenía voz. Quería abrazar a mi madre, reconfortarla y asegurarle que estaba bien, y no comprendía por qué no podía hacerlo. ¿Por qué mi cuerpo no estaba cooperando? ¿Por qué staba allí tumbada, inerte, cuando lo que quería hacer era abrazar a mi marido y a mi madre y decirles que estaba bien y que ya no sentía dolor?

Debido a la gravedad de la situación, la doctora llamó inmediatamente a otro oncólogo con más experiencia para que la ayudara. Curiosamente, en el estado cercano a la muerte en el que me encontraba en ese momento, yo era más consciente de todo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor de lo que hubiera podido serlo en mi estado físico normal. No estaba utilizando mis cinco sentidos biológicos, sino absorbiéndolo todo con mucha más profundidad que si estuviera usando mis órganos físicos. Era como si otro tipo de percepción totalmente diferente se hubiera abierto ante mí, y ahora, más que percibir informaciones concretas, parecía estar abarcando todo lo que ocurría como si me estuviera de alguna forma fundiendo con ello.El otro oncólogo ordenó que me llevaran  inmediatamente al laboratorio de radiología para que pudieran hacerme un escáner
(…)

Ante la insistencia de mi marido para que no se rindieran a pesar de mi estado, el equipo médico hizo todo lo que pudo por mí. Pero los minutos pasaban y yo seguía tumbada en la UCI con el  personal administrándome medicamentos a través de agujas y tubos mientras mi familia les observaba impotente.

Entonces corrieron una cortina alrededor de mi cama para separarme de los pacientes que tenía a ambos lados, y Danny y mi madre quedaron fuera del cubículo que había creado la cortina.Noté que las enfermeras todavía pululaban por allí, preparando mi cuerpo casi sin vida para engancharlo al oxígeno y a otras máquinas que empezaron a administrarme fluidos y glucosa.

Sabía cuándo venía la gente a verme, quiénes eran y qué hacían.Aunque mis ojos estaban cerrados, era totalmente consciente de todos los detalles que había a mi alrededor y más allá, hasta el más mínimo. La agudeza de mi percepción era mayor que si hubiera estado despierta y utilizando mis sentidos físicos con normalidad. Simplemente, parecía saberlo y comprenderlo todo; no solo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, sino también lo que sentía todo el mundo, como si pudiera ver y sentir el interior de todas las personas. Podía percibir su miedo, su desesperación y su resignación ante mi estado. «Danny y mamá parecen tan tristes y tan asustados… Ojalá supieran que ya no siento dolor. Ojalá pudiera decírselo. Mamá, por favor, no llores. ¡Estoy bien! ¡Estoy aquí, contigo!»

Era totalmente consciente de lo que sucedía a mi alrededor. Aunque parecía que todo estaba ocurriendo al mismo tiempo,las cosas en las que decidía fijarme aparecían instantáneamente con toda nitidez.
—¡No le encuentro las venas! —oí que un enfermero le decía nervioso al médico de guardia. Había miedo en su voz—. Las tiene totalmente invisibles. ¡Oh, pero mírale los brazos! Es que no tiene carne. Su cuerpo lleva mucho tiempo sin absorber ningún nutriente —recuerdo claramente que decía una voz masculina. «Parece tan desalentado… —pensé—. Si fuera por él, dejaría de intentarlo; y no le culpo.»

Todo está bien

1

«Querida Mamá, espero que hayas sabido siempre cuánto te quiero —quise decirle—. No te preocupes por mí. Estoy bien.

Ojalá pudiera compartir contigo lo que ahora sé. Este cuerpo cuya mano sujetas no es mi verdadero yo.

Siempre estaremos juntos, conectados a través del tiempo y el espacio. Nada podrá separarnos. Aunque muera físicamente, nunca estaremos separados.

Todo es perfecto exactamente tal cual es. Ahora lo sé y quiero que tú lo sepas también.»